Querida audiencia:
Para el próximo programa del día 9 de febrero, os invitamos a contarnos historias que os han ocurrido en el metro. Historias que nos hagan pensar, que nos hagan ver lo bueno y lo malo que ocurre en todos esos viajes cotidianos en el suburbano. El día 9 de febrero dedicaremos la hora del programa a pensar en compañía todas ellas además de las que a nosotros nos han ocurrido y creemos que podemos pensar sobre ellas.
Podéis dejar todo lo que se os ocurra como comentario en esta entrada.
Un saludo y muchas gracias.



Una historia del metro.
Me la contó mi compañera hace unos días. Iba ella con nuestra hija de cinco meses en el metro (en bcn), en la zona aparca-carros-bicis-y-demás-trastos, por lo del carrito de la niña. En una parada entra un chico con perro punkarra y bici desastrada: pelo largo, larguiducho todo él y con aspecto okupa. Se coloca también en la zona de trastos y, mientras silba y canturrea algo indefinible, empieza a pegar adhesivos con consigna por todas partes. Mi compañera observa que su presencia levanta alguna desconfianza en las dos señoras con carrito de compra y el ejecutivo joven con bici plegable que comparten espacio. La niña “escanea” al larguiducho de arriba abajo, como hace últimamente con los personajes que le atraen. Y lo hace con ceño fruncido y mirada casi adulta, en silencio. El caso es que el observado se da cuenta y la va mirando a ella de vez en cuando, hasta que decide intervenir. Se le acerca, se agacha, aproxima su cara a la de la imperturbable niña, sonríe y le suelta: “¿Y tú qué, carabola?”. Brevísimo silencio. La niña despliega una amplísima sonrisa cómplice. Y se produce un efecto de contagio: de repente sonríen las señoras y el ejecutivo, mientras la madre de mi niña advierte: “Ahora ya no va a dejar de mirarte, que lo sepas”. ¿Y?, le digo. Los niños, ya se sabe… No, me dice, lo que hizo sonreír a los estirados esos no fue ella sola, sino él, ellos, su relación. Y me dice que ahí empezó un breve cruce de mensajes y sonrisas alrededor de la niña en el espacio de trastos: “pues parece que le has hecho gracia”, “la jodía no me suelta”, “y al perro, ni mirarlo”… Fin de las desconfianzas. Al cabo de unas pocas paradas baja el larguiducho, saludando a la concurrencia con un “venga, taluego”. Y los demás, me dice mi compañera, que se interesan por el contenido de las pegatinas que inundan el rincón.
Saludos desde bcn.
Gracias Dar Váter!!!
Eso ocurre cuando no tenemos lugar para escapar, nos vemos forzados a mirar al otro, y descubrimos que debajo del hábito hay alguien como uno mismo. En esa línea recomiendo el corto ganador de un Goya, “Salvador, historia de un milagro cotidiano” de Hwidar Abdelatif, que no te lo destripo pero la sonrisa de un niño puede ser un antídoto ante el mal.
[...] Respuesta de DarVáter a nuestra petición [...]